Éramos los mejores pero en cuanto comenzaban los gritos, ambos seguíamos el eco.
Todo eran flores y melodías hasta que acabó la primavera, entonces chocamos de vez en cuando. Supongo.
Nos precipitábamos y a la mínima volvíamos a encontrarnos en el abismo. Porque ni en llamas temíamos rozarnos.
No te importó una mierda gritarme al oído y llamarme enferma a la cara.
Ni el precio que pedían por una de tus botellas.
Tampoco te resultó difícil buscarme en otras.
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Creo
que no te quiero, pero de alguna manera te has colado en todos mis
escritos, recordándome que eres el único merecedor de una historia.
El
sonido sordo de las cuerdas de tu guitarra es el que me impulsa a
seguir escribiendo. Debería de darte las gracias. Debería.
Pero el daño sigue haciendo eco.
Creo
que algún día escribiré nuestra canción, pero será lo
suficientemente buena como para no salir nunca del cajón. Y bueno,
supongo que dentro de unos años reconoceré tu seudónimo en la
radio seguido de una melodía, pero como de costumbre, no tendrá
nada que ver con nosotros. Porque para ti es mejor así, como si
nunca hubiese existido.
Cuesta creer que este haya sido el final de este cuento interminable, porque la inmortalidad no existe, ni siquiera en historias como la nuestra.
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